Mostrando entradas con la etiqueta Casas de Baños. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Casas de Baños. Mostrar todas las entradas

lunes, 1 de junio de 2020

Trajes de Baño en el siglo XIX


TRAJES DE BAÑO EN EL SIGLO XIX
Por Rafa Solaz

Desconocemos si existían las primitivas barraquetes o casas de baños desde el inicio de la tradición del veraneo, ya que quizás los valencianos acudían a las playas con sus trajes de baño o quizás se cambiaban de manera más o menos disimulada una vez llegados allí. Lo que sí parece cierto es que las primeras instalaciones para cambiarse de ropa son construcciones efímeras de cañas, palos y ramaje, quizás debido a que era material que se encontraban en abundancia por la zona. Se tapaban con improvisadas telas de lino para protegerse del sol y para evitar las miradas de los curiosos mientras se cambiaba de ropa.

Parece ser que cuando se tiene constancia de les barraquetes, se utilizaban para que las mujeres de cambiaran de ropa y ponerse en paños menores, aunque no podemos decir que fuera muy adecuada (desde el punto de vista actual) para tomar el sol o un baño. Se quedaban o ponían “una especie de ropa interior que ni siquiera se podía llamar traje de baño y que cubría absolutamente todo el cuerpo, de los pies a la cabeza.”

Según la moral de la época, “Los baños de las señoras, que debían ir cubiertas al menos con camisa, no podían ser presenciados por varones, ni aún siquiera por los maridos. Los hombres debían utilizar para el baño calzones de color blanco y no otra cosa que ofendiera el pudor, estableciéndose multas de diez libras para aquellos que incumplieran estas normas.” En el cambio del siglo XVIII al XIX, existía una clara separación de sexos a la hora de tomar el baño.

A mediados del siglo XIX, los trajes de baño “daban un aspecto chocante, como personajes salidos de un convento de frailes, con aquella bata holgada, de lana o de algodón, algunas hasta con cola, cubriéndose la cabeza con el insustituible y enorme sombrero de palma.”. Pretendían cubrir al máximo la curiosidad por el cuerpo humano, pero cuando entraran en el mar y el agua les mojara, dejaría más a la vista las curvas del cuerpo… En esta época, “estos bañadores dieron paso al traje con calzón ceñido al tobillo y la chaquetilla o falda marinera. Los bañistas continuaban vistiendo largos trajes con rayas horizontales y se exponían al sol lo menos posible. Las mujeres, sobre todo, los llevaban con esclavinas muy holgadas, y hasta un gorro en la cabeza adornada con algún lazo coquetón.”

Para ampliar más sobre el tema:
Solaz Albert, Rafael (2006): El Marítim. Paseo costumbrista a través de antiguas tarjetas postales.

lunes, 10 de junio de 2019

La moda de tomar baños en Valencia


MODA DE TOMAR BAÑOS EN VALENCIA
Por Rafa Solaz

El historiador Escolano decía en sus Décadas (1610), refiriéndose a la tradición de los valencianos que tenían de acudir a la playa del Grao a los baños de mar:

“Los ciudadanos de Valencia empalagados de tenerla siempre delante de los ojos, arde de ordinario la sed en ellos de salir a verla, espoleados de aquella poca privación; y metiéndose en infinidad de coches y carrozas, que deben pasar de dos mil, forman por tierra cada día en los veranos una armada apacible y terrestre navegación”.

Algo más tarde, José Antonio Cavanilles describe en sus Observaciones (1793) el veraneo de los valencianos en las playas del Grau y del Cabanyal:

“Allí acuden los de la capital a bañarse, cuyo prodigioso concurso aviva aquel recinto, ya de suyo interesante por el movimiento de las aguas y los buques que se descubren. Los años pasados iban y volvían comúnmente en el mismo día por la facilidad que ofrecen centenares de calesines y otros carruajes apostados para este fin en las puertas de la ciudad. Ya muchos, contagiados de la frescura y amenidad del sitio, suelen permanecer algunos días alojados en las chozas de los pescadores. Aumentándose con el tiempo la pasión y el número de concurrentes, varios sujetos acaudalados, no contentos con el alojamiento de las chozas, han construido sucesivamente edificios espaciosos en los que se hallan las comodidades, los adornos y hasta el lujo de la capital. Júntanse allí en estío personas brillantes de ambos sexos, viven en libertad, sin etiquetas, y en diversión continua.”

No sólo los valencianos acudían a las playas a tomar baños. También personajes de alta alcurnia se acercaban a veranear a las playas valencianas. El reconocido pintor Francisco de Goya vino en el año 1790 a Valencia junto a su esposa a tomar baños en la playa del Cabanyal por prescripción facultativa. Pocas décadas después, en el año 1835, vinieron los infantes Francisco de Paula y su esposa Luisa Carlota, quedando prendados de la maravillosa experiencia y repitieron al verano siguiente. Se da la circunstancia que les acompañaba un enorme séquito compuesto por casi cuarenta personas que tuvo problemas de alojamiento, teniendo que repartirse entre el Cabanyal y la ciudad.

Entre finales del siglo XVIII y principios del XIX, los veraneantes pertenecían a la clase media, dados a la comodidad, la diversión y al ocio. Más tarde, se revistió de tintes aristocráticos, muy influenciados por la moda de París, esmerando la indumentaria y las costumbres veraniegas, pasando de habitar en la temporada estival de las barracas y alquerías, por la construcción de una segunda residencia en la Malvarrosa. Este glamour chocó con la sencillez de los marineros y sus familias, lo que produjo un distanciamiento entre ambos.

“La ribera de la playa tiene su sección pintoresca simpática, pasado el Cabañal; la campiña con las malvas, rosas y blancas que parecen espolvorear de estos colores las frondosas extensiones planas; las palmeras sombreando la barraca, esas viviendas de techos agudos como naipes doblados por la mitad, con su cruz de madera y la cal viva de la fachada y la escopeta colgada en el golpete de la puerta.” (Durand Vigneau, Valencia, 1900).

Cuando el sol comenzaba a caer, la merienda se hacía presente para los bañistas. En ese momento hacían su aparición improvisados vendedores ambulantes que ofrecían sus mejores productos para la merienda. Las jóvenes portaban un cántaro o cesto bajo el brazo con agua recién sacada del pozo o pasteles dulces o salados, otros pregonaban aigua cibà (horchata), cacahuetes, altramuces o habas hervidas; las galleteres, mujeres que vendían galletas en un cestillo al grito de ¡Salades i dolçes!, y el barquillero, que invitaba al juego de la ruleta ofreciendo como premio los barquillos. Los populares cocoteros que en la cesta que solían llevar en la cabeza, portaban cocotets, una bota de vino y el tradicional pastel de pescado, una especie de empanada de pescado en forma de media luna, que vendía al grito de ¡Cocots i vi cavallers!. También hacían su aparición fotógrafos que, cámara y trípode en mano, recorrían las playas para realizar retratos personales o familiares y vender la copia respectiva.

La concurrencia de bañistas provocó un curioso auto de la Real Audiencia fechado el 22 de agosto de 1803. Los horarios de los baños se establecían desde las horas de madrugada hasta las siete de la mañana, a partir de la cual se prohibía el baño, con toda seguridad, para facilitar las tareas de pesca. A las once se permitía nuevamente hasta la una. Luego, más tarde, desde las primeras oraciones hasta las diez de la noche.

PARA AMPLIAR INFORMACIÓN:
Solaz Albert, Rafael (2006): El Marítim. Paseo costumbrista a través de antiguas tarjetas postales.
Blasco, Rafael (1859): “El Cocotero”, en Los valencianos pintados por sí mismos, Valencia.
Vidal Corella, Vicente (1979): Las barracas del Cabañal. “Las Provincias”, 5 de agosto de 1979.
Vidal Corella, Vicente (1977): El veraneo en el Cabañal de antaño. “Valencia Atracción”, julio 1977.

lunes, 2 de julio de 2018

Las antiguas barraquetes de nadar o Casas de Baños


LAS ANTIGUAS BARRAQUETES DE NADAR O CASAS DE BAÑOS

Rafa Solaz

 

La costumbre de ir a bañarse a las playas del Grao, Canyamelar y Cabanyal a partir del mes de julio ya está documentada desde hace siglos. No se tiene constancia de cuándo comenzó ni cómo sería el ritual del baño. Las noticias más antiguas que se tienen de instalaciones para cambiarse de ropa son construcciones efímeras utilizando cañas, palos y ramaje que se encontraban dispersos por la zona en abundancia. En un principio estaban destinadas al momento en que las mujeres, obligadas por el recato y la moral, las utilizaban para ponerse los paños menores, el traje de baño.

 

En el siglo XIX se construyeron las tradicionales barraquetes de nadar realizadas con tablones de madera y techumbres de cañas, lo que las hacía más consistentes y por lo tanto duraderas. Su interior estaba dividido en cabinas cubiertas de lonas, estoras o lienzos pintados, y separadas a uno y otro lado por un pasillo central. Se convertían así en espacios de intimidad necesarios para el cambio de indumentaria, sobre todo utilizados por las clases más populares.

 



Estaban situadas en primerísima línea de playa “en el último límite de las arenas besadas por las olas”, como una línea de formas caprichosas y grotescas. Vicente Blasco Ibáñez, en su novela Flor de mayo, las describe formando “en correcta fila ante el oleaje, empavesadas con banderas de todos los colores”. En el vértice superior de la fachada, las siluetas de monigotes, miriñaques, o barcos que distinguían a cada establecimiento. Un ejemplo era la de Miguel Llácer, que ostentaba en lo alto una campana y veleta, o la de Vicente Polit que tenía arriba de su entrada un gran escudo de Valencia y más arriba una bandera.

 

La rigurosa separación de sexos continuaba. De las destinadas a los hombres nos quedaron títulos, algunos evocadores y otros extravagantes, como: El Pelut, El Nano, El Fregit, El Bort, El Caragol, y para las mujeres: La Sabata, La Creueta, La Gàbia, El Titot… Los títulos evocadores con los que se les bautizó estaban puestos en la parte superior de la entrada. Otros que fueron conocidos eran Rosaura, El Globo, La Gloria, La Esfera, El Avión, La Mariblanca, La Palma, La Estrella, El Sol, La Luna, Florida, La Monkilí, o La Valenciana.

 

A la puerta de cada establecimiento se ponían a las barraqueras y barraqueros, pregonando las excelencias del establecimiento para así arrebatarse mutuamente a los parroquianos. Por ejemplo, era común pagar dos cuartos por el alquiler de una habitación, y algo más si por ejemplo necesitaba unos calzones para el baño. Estos precios económicos permitieron a las clases modestas acceder a un pequeño disfrute en el verano.

 

Al finalizar el verano, el propietario recogía los escasos muebles que había en el interior y desmontaba su barraqueta hasta la temporada siguiente. Vicente Blasco Ibáñez en su novela Flor de mayo describe este fenómeno como otra ciudad efímera “de quita y pon”. El resto del año, esta zona estaba olvidada.

 

Con el paso del tiempo y la construcción de los balnearios más pomposos, las barraquetes cayeron en desgracia y consideradas indecentes. A finales del siglo XIX existían registradas como casas de baños de mar alrededor de cincuenta. Después fueron sustituidos por los merenderos y restaurantes.

 

Solaz Albert, Rafael (2006): El Marítim. Paseo costumbrista a través de antiguas tarjetas postales.